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<title>RSS - - Entretencion | - Cuentos </title>
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<description>RSS - cuentos y leyendas -cuentos oferta</description>
<pubDate>Thu, 09 Sep 10 05:39:00 -0400</pubDate>
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			<title><![CDATA[Oferta - Cuento Una sucesion de sueños Hermann  Hesse]]></title>
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			<description><![CDATA[
			<img src="http://www.directorio7.cl/images/50/thumb_cuento-una-sucesion-de-suenos-hermann-hesse_1.gif" width="100" height="75" />			Me pareció que permanecía una cantidad de tiempo denso
e inútil en el tibio salón, desde cuya ventana situada al norte miraba
el falso lago con sus fiordos postizos, y donde nada me-atraía y
retenía excepto la presencia de la bella y sospechosa dama a quien tomé
por una pecadora. Contemplar debidamente su rostro constituía mi anhelo
insatisfecho. Aquel rostro estaba confusamente rodeado por un cabello
suelto y oscuro, y sólo se componía de una dulce palidez, otra cosa no
había. Acaso los ojos fueran de color castaño oscuro; íntimamente yo
esperaba que fuera así. Pero entonces los ojos no se adecuaban al
semblante que mi mirada deseaba leer en su imprecisa palidez, y cuya
conformación descansaba en mí en estratos del recuerdo tan hondos como
inalcanzables. 
                                Algo
sucedió por fin. Los dos jóvenes entraron. Saludaron a la dama con muy
buenos modales y me fueron presentados. Petimetres, pensé, y me enojé
conmigo mismo, porque la chaqueta color tabaco de uno de ellos con su
coqueto talle y corte me avergonzaba y daba envidia. ¡Era un repugnante
sentimiento de envidia contra esos impecables y desenvueltos seres
sonrientes! «¡Domínate!», me dije en voz baja. Ambos jóvenes
estrecharon con indiferencia la mano que les ofrecí -¿por qué lo había
hecho?- y pusieron cara de burla. 
                                Entonces
noté que algo no estaba en orden en mi persona, y sentí dentro de mí
molestos escalofríos. Bajé la vista y palidecí al ver que no llevaba
zapatos, que sólo calzaba medias. ¡Otra vez, siempre esos impedimentos
y contratiempos insulsos, lamentables, mezquinos! ¡A los demás nunca
les ocurría aparecer desnudos o semidesnudos ante la gente
irreprochable e inflexible! Apesadumbrado, traté de cubrir por lo menos
el pie izquierdo con el derecho, cuando mi vista cayó sobre la ventana.
Tras ella surgía la empinada orilla del lago que amenazaba azul y
salvaje con sus lúgubres tonalidades falsas que querían ser demoníacas.
Apenado y deseoso de ayuda miré a los recién llegados pleno de odio
contra ellos y con mayor odio aún hacia mí mismo nada era mío, nada me
salía bien. ¿Por qué habría de sentirme responsable con respecto a ese
lago tonto? Miré insistentemente a la cara al de la chaqueta color
tabaco: sus mejillas resplandecían llenas de salud y de cuidados
delicados; y yo sabía, sin embargo, que mi entrega erainútil, que él no
habría de conmoverse. 
                                Justo
en ese momento reparaba él en mis pies cubiertos por las toscas medias
verdinegras -¡ay, debía sentirme contento porque no estaban
agujereadas!-, y sonrió de manera odiosa. Tocó con el codo a su
compañero y le señaló mis pies. El otro rió también lleno de burla. 
                                «¡Pero vean ustedes el lago!», exclamé, indicando la ventana. 
                                El
de la chaqueta color tabaco se encogió de hombros, ni siquiera se dignó
mirar hacia la ventana, y le dijo algo al otro que entendí sólo en
parte, pero que estaba destinado a mí y se refería a tipos en medias
que no debían ser tolerados en un salón como éste. La palabra salón
volvió a tener una significación similar a la que tuvo en mis años de
muchacho, con una resonancia algo bella y algo falsa de distinción y
mundanidad. 
                                A
punto de llorar, me incliné hacia mis pies por si podía mejorar alguna
cosa, y entonces comprendí que resbalando, resbalando, se me habían
salido las holgadas zapatillas de casa; por lo menos había aparecido
detrás de mí en el suelo una pantufla muy grande, mullida, de color
punzó. Indeciso, casi lloriqueando, la tomé con la mano asiéndola del
tacón. Se me resbaló, la atrapé antes de llegar al piso -ahora había
aumentado de tamaño-. agarrándola esta vez por la punta. 
                                Entonces,
íntimamente liberado, percibí el profundo valor de la pantufla que
oscilaba en mi mano por el peso del tacón. ¡Qué cosa magnífica, una
zapatilla roja y blanda, tan suave y pesada.' A manera de ensayo la
blandí un poco en el aire; era algo delicioso y una sensación de placer
me recorrió hasta la punta de los cabellos. Una cachiporra, una
manguera de goma no eran nada. Comparados con mi gran zapato. Le puse
entonces un nombre italiano: calziglione. 
                                Cuando
le asesté al de la chaqueta color tabaco un golpe juguetón con el
calziglione en la cabeza, el irreprochable joven, tambaleándose, se
desplomó en el diván. Y los demás, el cuarto y ese lago espantoso
perdieron todo su dominio sobre mí. Yo era grande y fuerte, ya era
libre, y luego de un segundo golpe en la cabeza al de la *chaqueta
color tabaco, ni lucha hubo. Ni siquiera una mezquina defensa frente a
mis golpes, sino júbilo y el deliberado capricho del triunfador. Dejé
también de odiar a mi enemigo vencido: ahora me resultaba interesante,
valioso y querido, yo era su señor y creador. Pues cada golpe de mi
zapato-porra italiano iba modelando esa cabeza inmadura de petimetre,
la forjaba, la construía, la inventaba. Con cada golpe configurador se
hacía más agradable, más bonita, más fina, se convertía en mi criatura,
en mi obra, en algo que me apaciguaba y que amaba. Con un tierno golpe
postrero de forjador le ubiqué el puntiagudo occipucio bastante
adentro. Estaba listo. Me agradeció y acarició mi mano. «Ya está bien»,
señalé yo. Entonces cruzó las manos sobre su pecho y tímidamente dijo:
«Me llamo Pablo.» 
                                Sentimientos
maravillosos, llenos de poder y alegría dilataron mi pecho y dilataron
asimismo el espacio ante mí. El aposento -nada de «salón» ahora- se
retiró avergonzado y se escondió como algo nulo. Yo me encontraba junto
al lago, y el lago era de un color azul oscuro; nubes aceradas oprimían
las montañas sombrías; en los fiordos bullía espumosa un agua oscura;
ráfagas de viento sur vagaban violenta y temerosamente en remolinos.
Alcé la vista y extendí la mano señalando que la tormenta podía
comenzar. Un relámpago estalló claro y frío desde la azulada dureza; un
huracán caliente se precipitó con bramidos; en el cielo se disolvía un
tumulto de formas grises en vetas marmóreas. Del lago azotado ascendían
de manera aterradora enormes olas rotundas, de cuyos lomos la tormenta
arrancaba cendales de espuma y partículas de agua que chasqueaban al
ser arrojadas contra mi cara. Las negras montañas petrificadas abrían
sus ojos llenos de espanto. Aquel acurrucarse las unas contra las otras
y el silencio que de ellas surgía sonaban como una imploración. 
                                En
medio de la espléndida tormenta, entre su galopar sobre gigantescos
corceles fantasmales, sonó cerca de mí una tímida voz. «¡Oh, yo no te
había olvidado, pálida mujer de larga cabellera negra!» Me incliné
hacia ella y habló de un modo infantil: «El lago se acerca, uno no
puede quedarse.» Miré conmovido a la dulce pecadora, su rostro no era
más que una palidez callada entre un amplio crepúsculo de cabellos. El
ruidoso oleaje golpeaba ya mis rodillas, ya mi pecho, y la pecadora se
balanceaba indefensa y silenciosa en medio de las olas ascendentes. Me
reí un poco, abracé sus rodillas, la levanté hasta mí. También esto
parecía hermoso y redentor, la mujer era singularmente liviana y
pequeña, llena de una tibieza reciente; i y sus ojos eran confiados y
temerosos. Entonces comprendí que no era una pecadora, ni una dama
lejana o turbia. Ningún pecado, ningún secreto: era simplemente una
niña. 
                                La saqué
de entre las olas y la llevé, a través de las rocas, hasta un parque
sombrío a causa de la lluvia, lleno de una tristeza regia, donde la
tormenta no llegaba. Allí, desde las copas inclinadas de viejos
árboles, se manifestaba una belleza pura y plena de suave humanidad:
poemas y sinfonías, mundo de bellos presentimientos y goces gratamente
moderados, amables árboles pintados por Corot y música de Schubert
dulcemente idílica, para instrumentos de viento y madera, todo lo cual,
con el fugaz y palpitante aliento de la nostalgia, me atraía dulcemente
hacia su amado templo. Y aunque el mundo, vanamente o no, tiene muchas
voces, para cada una de ellas guarda el alma sus horas, sus momentos. 
                                Dios
sabe cómo nos despedimos, cómo perdí de vista a la pecadora, a la mujer
pálida, a la criatura. Había una escalinata de piedra, y un pórtico, y
servidumbre, todo frágil y lechoso, como detrás de un vidrio empañado;
y otras formas, más inconsistentes y borrosas todavía, como agitadas
por el viento, y cierto matiz de censura y reproche contra mí despertó
mi enojo hacia ese torbellino de sombras. Luego no quedó de él otra
cosa que la figura de Pablo, mi amigo e hijo Pablo. Y en sus rasgos se
mostraba y escondía un rostro que no podía nombrarse con un nombre y
que era, sin embargo, archiconocido: el rostro de un compañero de
colegio, un rostro de niñera prehistórico y legendario, nutrido de los
buenos y sustanciosos recuerdos a medias del fabuloso año primero de
vida.
                                Se abre
entonces una oscuridad interior, la cálida cuna del alma, y se empieza
a fijar la patria perdida, el tiempo de la existencia informe, la
indeterminada efusión inicial del hontanar, bajo el cual duerme el
pretérito de los ascendientes con los sueños de la selva virgen.
¡Tienta, pues, oh alma, yerta, revuelve ciegamente en las termas
saciadas de los inocentes instintos aurorales! Te conozco, ala medrosa,
nada es más urgente para ti, ninguna cosa es más alimento, bebida y
sueño para ti, que el regreso a tus comienzos. Las olas murmuran a tu
alrededor y entonces tú eres ola; murmura el bosque y tú eres bosque;
ya no hay más un afuera y un adentro. Vuelas, eres un pájaro en el
aire; nadas, eres un pez en el mar; absorbes la luz y eres luz;
saboreas la oscuridad y eres oscuridad. Caminamos, alma, nadamos y
volamos y sonreímos y volvemos a anudar con delicados dedos del
espíritu los hilos rotos; y dichosamente resuenan las destruidas
vibraciones. Ya no buscamos más a Dios. Somos Dios. Somos el mundo.
Matamos y morimos juntamente, creamos y resucitamos con nuestros
sueños. Nuestro sueño más hermoso es el cielo azul; nuestro sueño más
hermoso es el mar; nuestro sueño más hermoso es la noche iluminada por
estrellas; y es el pez, y es el sonido claro y alegre, y es la luz
clara y alegre: todos son nuestros sueños, cada uno de ellos es nuestro
sueño más hermoso. Acabamos de morirnos para convertirnos en tierra.
Acabamos de inventar la risa. Acabamos de poner en orden una
constelación. 
                                Suenan
voces, y cada una de ellas es la voz de la madre. Susurran los árboles,
y cada uno de ellos ha susurrado sobre nuestra cuna. Las calles se
abren como estrellas, y cada calle es el retorno a casa. 
                                El
llamado Pablo, mi creación y mi amigo, estaba otra vez aquí y tenía mi
misma edad. Se parecía a un amigo mío de juventud, pero yo no sabía a
cuál, y por eso me sentía algo inseguro frente a él y le demostraba
cierta cortesía. De donde sacó una ventaja apreciable. El mundo dejó de
pertenecerme, le obedecía a él; debido a esto, todo lo anterior se
había desvanecido y hundido en una inverosimilitud humillante,
avergonzado de él, que gobernaba ahora. 
                                Estábamos
en una plaza, el lugar se llamaba París. Ante mí se alzaba un poste
altísimo de hierro que era una escalera, pues tenía a ambos lados
angostos escalones de hierro, a los que uno podía asirse con las manos
y que asimismo servían para subir con los pies. De acuerdo con los
deseos de Pablo, trepé junto a él por semejante escalera. Cuando
estuvimos tan arriba como el tejado de una casa o un árbol muy alto,
comencé a sentir temor. Miré hacia Pablo que no sentía ningún temor,
pero que al adivinar el mío se sonrió. 
                                Durante
un momento, mientras tomaba aliento en tanto sonreía, estuve a punto de
reconocer su rostro y recordar su nombre. Una rendija del pasado se
abrió y ensanchó hasta la época de la escuela, hasta el tiempo en que
yo tenía doce años, la edad más espléndida de la vida, cuando todo
estaba lleno de aroma y era genial, cuando todo estaba dorado con un
aroma apetitoso de pan fresco y una vislumbre embriagadora de heroísmo
y aventura -doce años contaba Jesús cuando confundió a los doctores en
el templo-: con doce años habíamos apabullado a nuestros sabios y
maestros, éramos más inteligentes que ellos, más geniales, más
valientes. Reminiscencias e imágenes me asaltaron en tumulto: cuadernos
escolares olvidados, penitencias a la hora de comer, un pájaro muerto
con una honda, el bolsillo de un abrigo pegajoso lleno de ciruelas
robadas, un salvaje chapotear de muchachos en la piscina, pantalones de
domingo rotos e íntimos remordimientos de conciencia, una ferviente
oración al atardecer ante preocupaciones terrenales, sentimientos de un
maravilloso heroísmo sugeridos por un verso de Schiller.. 
                                Fue
solamente durante una fracción de segundo, como un relámpago, una serie
ansiosamente arrebatada de imágenes sin centro; al momento el rostro de
Pablo volvía a contemplarme, inquietante, conocido a medias. Ya no
estaba yo seguro de mi edad, era posible que ambos fuéramos todavía
muchachos. Abajo, muy abajo de nuestros delgados escalones, yacía esa
aglomeración de calles que lleva el nombre de París. Cuando estuvimos
más alto que cualquier torre, nuestras barras de hierro se acabaron y
apareció, coronada por una tabla horizontal, una plataforma diminuta.
Parecía imposible encaramarse a ella. Pero Pablo lo hizo con
desenvoltura y yo no pude menos que hacerlo. 
                                Ya
encima, me acosté sobre la tabla y miré hacia abajo desde el borde,
como desde una elevada nubecita. Mi mirada cayó como una piedra en el
vacío y no dio en ningún blanco. De pronto, mi camarada hizo un gesto
indicador, y yo quedé suspendido dé un espectáculo prodigioso que
flotaba en medio de los aires. Sobre una calle ancha, a la altura de
los tejados más altos, pero infinitamente más abajo que nosotros, vi
una sociedad extraña y aérea: parecían ser equilibristas, y
precisamente una de las figuras corría sobre una cuerda o una barra.
Luego descubrí que eran muchos y casi exclusivamente jovencitas, y me
parecieron ser gitanos o gente vagabunda. Iban y venían, se acostaban o
sentaban, se agitaban a la altura de los tejados sobre un tablado aéreo
de listones muy angostos y un varillaje parecido a una enramada.
Habitaban allí y eran nativos de aquella región. Debajo de ellos podía
entreverse la calle, y desde el fondo hasta la proximidad de sus pies
llegaba una niebla sutil y flotante. 
                                Pablo dijo algo al respecto. «Sí», respondí yo, «es conmovedor, todas esas muchachas ... » 
                                Cierto,
yo estaba mucho más arriba que ellas, pero me adhería temerosamente a
mi puesto, mientras ellas flotaban ligeras y sin recelo. Entonces
comprendí que estaba demasiado alto, en una posición falsa. Ellas sí
que estaban a la altura debida, no al nivel del piso, pero tampoco tan
endemoniadamente arriba y lejanas como yo; no entre la gente y tampoco
tan aisladas. Además, eran muchas. Supe entonces que ellas
representaban una felicidad que yo no había alcanzado aún. 
                                Pero
yo sabía que en cualquier momento tendría quc volver a bajar por mi
descomunal escalera, y la sola idea de hacerlo era tan angustiosa que
sentí náuseas; no podía aguantar un momento más allí arriba. Con
desesperación y temblando de vértigo, tanteé con los pies en busca de
los escalones -no podía verlos desde la plataforma y quedé suspendido,
convulsivamente asido durante unos minutos espantosos, en aquella
altura dañina. Nadie me socorría. Pablo ya se había ido. 
                                Con
profunda angustia daba peligrosos puntapiés y manotones, hasta que una
sensación me envolvió como si fuese niebla, la sensación de que no eran
la alta escalera ni el vértigo lo que yo tenía que sufrir y las cosas
por las que debía pasar. Y de inmediato se desvanecieron también la
visibilidad y hasta el parecido de las cosas; todo era nebuloso e
impreciso. Ya me veía colgando de los escalones y sentía vértigo, ya me
arrastraba, pequefío y angustiado, entre galerías de minas y corredores
subterráneos terriblemente angostos, ya chapoteaba con desesperación en
medio de lodazales y estiércol y sentía elevarse hasta mi boca un cieno
inmundo. Oscuridad y paralización lo cubrían todo. Misiones
formidables, con un sentido serio pero todavía oculto. Angustia y
sudores, mutilación y escalofríos. Un dificultoso morir, un dificultoso
renacer. 
                                ¡Cuántas
noches hay en tomo nuestro! ¡Cuántos caminos de tortura, angustiosos y
duros, recorremos! En las profundidades del pozo camina nuestra alma
cegada, pobre héroe eterno, pobre Odiseo. Pero seguimos caminando, nos
agachamos y pasamos un vado, nadamos ahogándonos en el fango, trepamos
arrastrándonos por malignos paredones lisos. Lloramos y nos
desanimamos, gemimos atemorizados y aullamos con llanto doloroso. Pero
seguimos adelante, caminamos y padecemos, caminamos y nos abrimos paso
a mordiscos. 
                                De
nuevo surgieron, de la turbia humareda infernal, los símbolos; allí
estaba otra vez un breve trozo del sendero sombrío, iluminado por la
luz conformadora de los recuerdos. Y el alma brotó desde lo primitivo
para afincarse en la región nativa del tiempo. 
                                ¿Dónde
estaba aquello? Objetos conocidos me contemplaron; respiré un aire que
volví a reconocer. Una habitación casi en penumbras, una lámpara de
petróleo sobre la mesa, algo semejante a un piano. Mi hermana estaba
allí, y mi cuñado, tal vez de visita en casa o yo en la de ellos.
Estaban silenciosos y muy preocupados, llenos de preocupación por mí. Y
yo estaba de pie en el cuarto grande y triste, iba de un lado para el
otro, envuelto en una nube de tristeza, dentro de una corriente de
tristeza amarga, sofocante. Y entonces comencé a buscar cualquier cosa,
nada importante, un libro o unas tijeras o algo parecido, y era incapaz
de encontrarlo. Así tomé la lámpara, era pesada y yo estaba
terriblemente cansado, pronto volví a dejarla y a continuación la volví
a tomar, y quería buscar, buscar, aunque sabía que era en vano. No iba
a encontrar nada, sólo embrollaría más las cosas, la lámpara se me
caería de las manos -era tan pesada, tan penosamente pesada y yo
seguiría buscando a tientas y errando a través de la habitación durante
toda mi pobre vida. 
                                Mi
cuñado me miró, y en su mirada había temor y algo de censura.
«Advierten que me estoy volviendo loco», pensé rápidamente, y volví a
tomar la lámpara. Mi hermana se me acercó, muda, con ojos implorantes,
tan llena de angustia y amor que el corazón se me quería romper. No
podía decir nada, solamente tender la mano, hacer señas, señas de
rechazo. Y yo quería decir: «¡Dejadme ya, dejadme ya! ¡Vosotros no lo
podéis saber que me pasa, cuánto sufro, que terriblemente sufro!» Y
otra vez: «¡Dejadme ya, dejadme ya!» 
                                La
rojiza luz de la lámpara se esparcía débilmente por el espacioso
cuarto, afuera los árboles gemían con el viento. Por un instante creí
ver y palpar en la más honda intimidad la noche que estaba ahí afuera:
¡viento y humedad, otoño, amargo olor de la hojarasca, arremolinadas
hojas de los olmos, otoño, otoño! Y por otro momento dejé de ser yo
mismo, y me vi como una efigie: yo era un músico pálido, enjuto, de
ojos llameantes, llamado Hugo Wolf, y aquella noche me encontraba al
borde de la locura. 
                                Entretanto,
debía continuar buscando, debía buscar sin esperanzas, y tenía que
alzar la pesada lámpara y colocarla sobre la mesa redonda, sobre el
sillón, sobre una pila de libros. Y debía defenderme con gestos
suplicantes cuando mi hermana volvía a contemplarme triste y
delicadamente, cuando quería consolarme o aproximarse con propósito de
ayuda. La pena crecía dentro de mí y me llenaba casi hasta estallar;
las imágenes que me rodeaban eran de una claridad y una elocuencia
conmovedora, mucho más darás que cualquier realidad común; un par de
flores otoñales en el florero, entre ellas una dalia de un rojo pardo
oscuro, ardían en una soledad tan hermosa y sonriente... Y cada objeto,
aun el brillante pie de latón de la lámpara, era tan mágicamente bello
y penetrado por un halo de soledad tan fatal como en los cuadros de los
grandes pintores. 
                                Percibí
con nitidez mi destino. Una sombra más en aquella tristeza, una mirada
más de mi hermana, otra mirada más de las flores, de esas flores
hermosas llenas de alma... y luego aquello se desvaneció y me sumergí
en el desvarío. «¡Dejadme! ¡Vosotros no sabéis nada! » Sobre la
cubierta bruñida del piano caía un rayo de la lámpara reflejado en la
oscura madera, con arrobadora belleza, misteriosamente impregnado de
melancolía. 
                                Ahora
se volvió a levantar mi hermana, se dirigió al piano. Yo quise
suplicar, quise defenderme cordialmente, pero no pude. Desde mi total
soledad no podía emanar ningún poder que llegara hasta ella. ¡Oh, yo
sabía lo que ahora ocurriría! Yo conocía la melodía que ahora debía
ponerse en palabras y que debía decirlo todo y destruirlo todo. Una
tensión formidable me oprimía el corazón, y mientras las primeras gotas
abrasadoras saltaban de mis ojos, caí de bruces sobre la mesa y escuché
y sentí con todos mis sentidos y con nuevos sentidos agregados texto y
música simultáneamente, la siguiente estrofa de la melodía de Hugo
Wolf: 
                                ¿Qué sabéis, vosotras, oscuras cimas, de los bellos viejos tiempos?Detrás de las cumbres la patria ¡qué lejos está, qué lejos! 
                                Con
esto, el mundo se deslizó ante mí y dentro de mí, hundido en lágrimas y
sonidos. ¡Cómo decir que difusa y torrencialmente, qué benéfica y
dolorosamente! ¡Oh, llanto, dulce derrumbamiento, venturosa fusión!
Todos los libros del mundo, llenos de pensamiento y y poesía, nada son
ante un minuto de sollozos, cuando el sentimiento se agita en
torrentes, y el alma se siente y se encuentra profundamente a sí misma.
Las lágrimas son hielo del alma derretido; todos los ángeles están
próximos al que llora. 
                                Lloré
copiosamente, olvidado de todas las causas y razones, mientras caía
desde lo alto de una tensión insoportable en el suave crespúsculo de
los sentimientos cotidianos-, sin pensamientos, sin testigos. En el
medio, entre imágenes que revoloteaban, un ataúd. En él yacía una
persona muy querida, muy importante para mi, pero yo no sabía quién
era. Quizá tú mismo, pensé, cuando, deesde una remota y tierna lejanía,
se me ocurrió otra imagen. ¿No había visto yo una vez, años atrás o en
una vida anterior, cierta imagen maravillosa: un grupo de jovencitas
morando arriba en los aires, nebuloso e ingrávido, hermoso y feliz,
cerniéndose con la levedad del aire y pleno como música de cuerdas? 
                                Los
años cayeron deprisa, y el mundo se había transformado. Afligido,
caminaba yo hacia una casita. Lo hacía muy a disgusto, pues una
sensación de temor en la boca me tenía como cautivo; medrosamente
tanteé con la lengua un diente flojo, y al tocarlo de costado se me
cayó. ¡Y también el de al lado! Había por allí un médico muy joven al
que me quejé, mientras implorante le señalaba el diente que sostenía
entre mis dedos. Se rió despreocupadamente, dijo que no con inexorables
gestos profesionales y luego sacudió la juvenil cabeza: la cosa no era
nada, no tenía importancia, todos los días ocurría algo así. «¡Dios
santo!», pensé. Pero él prosiguió y señaló mi rodilla izquierda: «Allí
está el asunto, con eso no se puede jugar.» Con tremenda rapidez toqué
la rodilla izquierda... ¡allí estaba! Allí tenia un agujero en el que
me cabía el dedo, y en vez de piel y carne no palpaba más que una masa
insensible, blanda y fofa, ligera y fibrosa, como el tejido marchito de
una planta. ¡Oh Dios mío, aquello era el principio del fin, aquello era
la putrefacción y la muerte! «No hay que se pueda hacer?», pregunté con
amabilidad forzada. «Nada Ya», dijo el joven médico y se marchó. 
                                Me
dirigí hacia la casita, extenuado, Dero no tan desesperado como hubiera
debido estar. Casi estaba indiferente. Ahora era necesario llegar hasta
la casita, donde mi madre me aguardaba. ¿No había escuchado su voz,
acaso no había visto su semblante? Unos peldaños llevaban arriba,
peldaños disparatados, altos y lisos, sin baranda, cada uno de ellos
una montaña, un picacho, un ventisquero. Seguro que se me había hecho
demasiado tarde ya... ¿Se habría ella marchado, acaso estaba muerta?
¿No terminaba de oír cómo llamaba de nuevo? Calladamente luché con los
empinados escalones-montañas, cayéndome, y magullado, furioso y
sollozando, me apreté contra el suelo apoyándome en mis maltrechos
brazos y rodillas. Y me hallé arriba, junto al portal, y los peldaños
volvían a ser pequeños, bonitos y adornados con boj. Cada paso se me
hacía pegajoso y dificil como si pisara fango y cola de carpintero. No
lograba avanzar, la puerta estaba abierta, y adentro andaba mi madre
con un vestido gris, un cesto al brazo, en silencio y pensativa. ¡Oh,
su cabello oscuro, apenas encanecido, bajo la redecilla! ¡Y su andar,
su figura tan menuda! ¡Y su vestido, ese vestido gris! ¿Es que en todos
aquellos muchos, muchos años, había perdido totalmente su imagen, es
que nunca había pensado. en ella debidamente? ¡Pero allí estaba, de
pie, caminando, y mirada de atrás, tal como había sido, enteramente
clara y hermosa, puro amor, puro pensamiento amoroso! Furioso, mi paso
de paralítico intentó vadear la atmósfera pegajosa; zarcillos de
plantas trepadoras se me enroscaban más y más como cuerdas delgadas y
fuertes, por todas partes obstáculos hostiles, ningún adelanto.
«¡Madre!», grité... Pero no se escuchó voz alguna... No se escuchó
nada. Entre ella y yo se interponía un vidrio. 
                                Mi
madre se alejó lentamente, sin mirar atrás, en silencio, ensimismada en
pensamientos bellos y cuidadosos, en tanto desprendía con esa mano que
me era tan conocida una hebra invisible del vestido. Luego se inclinó
sobre el cestito buscando sus enseres de costura. ¡Oh el cestito! En él
me había escondido en una oportunidad huevos de Pascua. Grité
desesperado y sin voz. Eché a correr ¡y no me movía del sitio! Ternura
y furor tiraban violentamente de mí. 
                                Ella
continuó andando despacio, atravesó el pabellón del jardín, se detuvo
en la puerta abierta del otro lado, y salió al aire libre. Luego
inclinó la cabeza suavemente hacia un costado, como si estuviera
escuchando el curso de sus pensamientos, alzaba y bajaba el cestito ...
Entonces me vino a la memoria un papel que había encontrado una vez,
siendo muchacho, en aquel cestito. Allí había escrito ella con su letra
ligera lo que tenía que hacer y recordar ese día; pantalones de Hermann
deshilachados; poner en remojo la ropa; pedir prestado libro de
Dickens; Hermann no ha rezado ayer. ¡Torrentes del recuerdo, cargas del
amor! 
                                Inmovilizado,
atado de pies y manos, quedé junto a la puerta de entrada; por el lado
opuesto, la mujer vestida de gris cruzó lentamente el jardín y
desapareció. 
                                
                                ]]>
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			<pubDate>Mon, 25 Jan 10 10:00:10 -0300</pubDate>
			<address>santiago, chile</address>
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